Isla de Gorée

LUGARES DE SENEGAL

Construye Mundo organiza Viajes Solidarios en los que puedes descubrir Senegal de una manera más vívida y auténtica. Conocerás los lugares más bellos y emblemáticos del país, pero también su dura realidad y los proyectos de cooperación que llevamos a cabo en varias regiones, desde Podor, en la frontera norte con Mauritania, hasta la tropical Casamance y el País Bassari, en el sur vecino a Guinea, pasando por Dakar y las iniciativas de la Pouponniere. Conocerás el país, pero también a su gente. En primera persona. Desde dentro. Con una perspectiva muy personal. Esta visita a la Isla de Goreé es el segundo capítulo de la serie de reportajes ‘Lugares de Senegal’, con los que queremos introduciros en el país de la teranga.

 

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Gorée, paseo por la inhumana memoria

Hay lugares y lugares. Sitios para disfrutar y sitios para entristecerse. Los viajeros en general y los turistas en particular prefieren los primeros, claro, pero en muchos puntos del planeta hay plazas singulares donde la memoria (infame) de la humanidad se escribe con mayúsculas. La Isla de Goreé, a menos de 3 kilómetros de la costa, frente por frente a Dakar, es uno de esos emplazamientos donde el espíritu se ensombrece y la esperanza se achica.

Goreé fue uno de los puntos clave del comercio de esclavos en la costa oeste africana a lo largo de tres siglos, desde 1536 a 1848, año en el que los franceses abolieron oficialmente la trata de seres humanos. Poco después, en 1857, se fundó la ciudad de Dakar y esta isla de la vergüenza cayó en desuso y en el olvido. Hasta hace bien poco, cuando en 1944 se comienza a recuperar su carácter simbólico y fue declarada enclave histórico por Francia. Tras la independencia de Senegal, en 1960, su nombre siguió engrandeciéndose hasta culminar con su inscripción en el Patrimonio Mundial de la Unesco, en 1978.

Hasta aquí las fechas. Hoy, la visita a Goreé se había convertido, hasta la pandemia de la COVID-19, en una de las industrias más lucrativas del turismo senegalés. Desde el puerto de Dakar, cada hora y media salían ferrys que en 20 minutos llevaban a los turistas a una isla trasmutada en un lugar encantador.

18 hectáreas de calma

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Con sólo 18 hectáreas de extensión, 900 metros de largo y 300 de ancho, en sus calles sin coches se puede encontrar la calma que los millones de habitantes de Dakar perdieron hace mucho. Y disfrutar de la belleza de sus reconstruidos edificios del siglo XVIII, las coloridas fachadas de sus nuevos negocios de souvenirs, o del Museo de la Mujer, o de la ya legendaria Hotellerie du Chevalier de Boufflers. El viajero casi podría sentirse en un pequeño parque de atracciones de calles de tierra, donde han intentado recrear el supuesto glamour de las antiguas colonias europeas en África. Si no fuera por el puñetazo en la mandíbula que supone la visión de otra fachada, la rosada de ‘La Maison des Esclaves’, hogar, almacén y centro de negocios que fuera de uno de aquellos prósperos negreros de antaño, construida por su dueño holandés en 1776.

Probablemente lo más abrumador del edificio y de toda la isla es la llamada ‘Puerta del No Retorno’, por donde supuestamente embarcaban a los esclavos hacia América con un brutal billete solo de ida. Los historiadores dudan de que realmente fuera por esa puerta por la que salían los esclavos de este holandés, pero poco importa frente a su contundencia simbólica. Algunos estudios ni siquiera consideran Goreé como encrucijada importante del tráfico de esclavos y cifran en unas 26.000 las personas (documentadas, al menos) que allí sufrieron la ignominia.

Uno de tantos puntos de embarque

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Es difícil hablar de cifras. Cálculos conservadores estiman que unos 20 millones de hombres, mujeres y niños salieron de África en calidad de mercancía humana a través de decenas, quizás centenares de puntos de embarque a lo largo de la costa oeste del África subsahariana. Goreé no fue más que uno de estos lugares. Su mérito, por así decirlo, es que se ha convertido en icono, en el símbolo más visible de aquel genocidio.

Para la diáspora africana, para muchos de los afrodescendientes dispersos por todo el mundo, Goreé es lugar de peregrinaje, es un emblema cuasi sagrado al que hay que rendir visita al menos una vez en la vida. Allí les esperan estancias, mazmorras más bien, en las que se separaban y se seleccionaban a mujeres y hombres, mientras se alejaba a los niños para que las madres no oyeran sus llantos. Era un lugar donde las mujeres valían más, especialmente las jóvenes, y los hombres se engordaban por encima de los 60 kilos, el peso por debajo del cual se consideraba que no se podía sobrevivir al viaje transatlántico.

El origen de su nombre, Goreé, se debe a los holandeses, que la llamaron ‘goe de reede’ (buen puerto). Por eso la isla ha sido un lugar disputadísimo en la historia de la colonización de África. Fue sucesivamente portuguesa, holandesa, francesa e inglesa. Sólo en el siglo XVIII perteneció cuatro veces a los ingleses y cinco de los franceses, que acabaron por retenerla hasta el siglo XX.

“En esta época, el aire de Goreé es el peor de todos, lo sentimos en nuestras habitaciones, las exhalaciones de los cadáveres de los esclavos, que mueren por docenas en sus mazmorras y que los mercaderes, por economía, hacen arrojar al mar con balas de cañón en los pies”. Así describía el mismo Chevalier de Boufflers que da nombre a esa hostelería donde todo el que puede permitírselo duerme y cena ahora, los horrores de un lugar del que fue gobernador.

Signares y dioses

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De todo eso solo quedan ya los grilletes y demás instrumentos esclavistas colgados de los museos, pero permanece flotando el horror que a duras penas disipan las vidas amables y las sonrisas complacidas de sus actuales visitantes. Y lo que se les ofrece a la vista. Como el Mercado Artesanal de máscaras, pinturas y souvenirs varios, o el antiguo Museo de la Mujer Henriette Bathily (trasladado a Dakar), que por sí mismo ya tiene su propia historia, la de su propietaria original, la ‘signare’ Victoria Albis, que vivió y murió aquí en el siglo XVIII.

Las ‘signares’ son una más de las fantásticas creaciones del espíritu femenino a partir de una situación no precisamente agradable. Se llamaban así las esposas o amantes de los comerciantes europeos de la época que, gracias a su relación con los blancos, disfrutaban de un alto estatus en la colonia, administraban los negocios de sus maridos cuando volvían a Europa y, en fin, construyeron toda una cultura en torno a sus matriarcados.

Se cuenta que las ‘signares’, que prosperaron sobre todo en Goreé y Saint Louis, cuando su marido partía hacia la metrópoli, recogían la arena de sus últimas huellas en la playa con un pañuelo, que colgaban de su cama como símbolo de fidelidad, o conjuro para que volvieran, quién sabe. Y ahí podía seguir la arena años y años, hasta el regreso del esposo. O no. Mientras tanto, ellas constituyeron la aristocracia local. Y vestían como tales. Todavía en la actualidad se recrean esos atavíos espectaculares y las modelos senegalesas visten orgullosas sus trajes barrocos, coronados con característicos gorros de cuento.

Eso también es Goreé, como lo es toda la rancia terminología que designaba a las personas según su origen u oficio. Jambor era el nacido libre, mientras que a los descendientes de esclavos se les denominaba jam, los artesanos del cuero eran uga y los herreros tega. Todos tenían en común con las signares una cosa fundamental, eran negros o mulatos y habitaban los distintos escalafones creados dentro de la sociedad esclava.

De aquellos tiempos queda también la religión, especialmente el animismo vinculado a la costa, porque playas y acantilados han sido siempre el hogar de los dioses tutelares. Por la isla de Goreé vela un genio llamado Mame Coumba Castel, pero no es el único, o la única, porque las coumbas son entidades femeninas emparentadas entre sí. La prima de Rufisque, ahora un barrio de Dakar, se llama Comba Lamb; la de Saint Louis, Comba Bang y la de Ngaparou, Comba Kayel. Dakar no va a la zaga y cuenta con su propio genio tutelar, Denk Daour Mbaye. A todos estos rabs o espíritus, que habitan en los baobabs o las rompientes de la costa, se les siguen dedicando exorcismos y sacrificios, aunque en la mayoría de los casos sea complicado para el viajero atisbar esta realidad.

Bulas papales y esclavitud

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Muy lejos les queda todo eso a los actuales propietarios de las viejas mansiones esclavistas de Goreé, cuyos propietarios son ahora el hermano del Aga Kan o, dicen, George Soros. Situadas en el barrio norte, al que llaman Beverly Hills, allí también está la casa que acoge la Université des Mutants, fundada por el padre de la patria, poeta y primer presidente de Senegal, Leopold Sedar Sengor, que merece una visita como la debida al Museo Histórico, instalado en el antiguo Fuerte de la isla.

Ese lugar es probablemente tan bueno como otro cualquiera de esta isla poblada de sufridos fantasmas para reflexionar un poco sobre la historia de la esclavitud en África. Para recordar por un momento que fue nada menos que un Papa, Nicolás V, quien sacralizó tal práctica en sus bulas ‘Dum diversas’ y ‘Romanus Pontifex’, dirigidas al entonces rey de Portugal, Alfonso V. Aunque en el siglo XV eso fuera práctica común, sirve bien como ejemplo para ilustrar la historia de la infamia.

Al fin y al cabo, esa historia se sigue escribiendo ahora mismo. Ya no viajan a América veleros repletos de seres humanos, ahora son solo humildes cayucos los que parten hacia Canarias desde Mbour, Saint Louis o cualquier otro punto de esta costa. Van cargados de jóvenes que sueñan el sueño europeo y están dispuestos a pagar al mar su tributo de muerte solo para sufrir, si son afortunados, esta moderna esclavitud de ser humillados como indeseable mano de obra, desposeídos de su identidad y convertidos en sujetos de odio. La sola diferencia con aquella época de potentados negreros es que ahora da vergüenza ponerle nombre a lo que sucede. Quizás.

 


                                                                                                                                                                       Jacinto Vidarte

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