Corazón de Baobab / Mi viaje solidario

El sábado 8 de noviembre volamos hacia Dakar… La verdad es que se ha hecho muy corto y fácil todo el proceso de preparación del viaje con Construye Mundo… Desde el avión divisamos toda la costa este de España, el Estrecho de Gibraltar, la cordillera del Atlas, el desierto… Nos tocó como compañero de viaje un señor senegalés que vivía en Barcelona desde hacía más de 20 años. Se trataba de una persona mayor dedicada al mundo de los negocios. Nos contó que una vez al año tenía que bajar a Senegal. Le preguntamos si debía hacerlo por cuestión de sus negocios o para visitar a familiares… pero nos dijo que no… que el corazón, en Barcelona, “se me va vaciando con los meses… y tengo que bajar a Senegal una vez al año para llenármelo de nuevo” …

Familia SL

Mucho tiene de similitud este viaje a Senegal con el árbol emblemático de este sorprendente país: el baobab. Este árbol, por su aspecto, parece que está al revés, con las raíces hacia arriba Dicen que el baobab era un árbol bueno que cuidaba a los humanos dándoles nutritivos frutos y cobijo de fresca sombra. Dios quiso premiarlo y lo rodeó de fértil tierra y de aguas limpias para que creciera y pudiera seguir mejorando su labor para con los humanos. El baobab crecía y crecía… hasta que un día llegó tan alto que alcanzó el cielo y, viéndose allí, pensó que era un árbol divino y se olvidó del mundo. Dios se enfureció… arrancó al baobab de la tierra y volvió a plantarlo… pero esta vez ¡boca abajo!… De esta forma, el baobab crecería hacia la tierra, en contacto con los humanos y no buscando ser Dios… 

Mas barcas

Y Senegal es así: humilde, hospitalario, fraternal, sencillo y muy muy rico… en humanidad. Sus gentes crecen hacia abajo, como el baobab. Y cuando te acercas a ellos te conviertes en uno más de su pueblo, en parte de su familia. Gracias a este viaje solidario de Construye Mundo, hemos tenido ocasión de conocer la historia de su esclavitud visitando la Isla de Gorée, de andar por sus mercados al aire libre, de asistir a la llegada de los barcos de pesca a sus playas, de empaparnos de la marabunta de sus calles, de navegar entre manglares en coloridos cayucos senegaleses, de compartir el ecosistema de sus aves, de sentir el desierto y respirar esa densa humanidad que todo lo invade… Y lo más importante: de vivir y “tocar” los proyectos solidarios de Construye Mundo en el este y norte del País: empoderamiento de mujeres, escuelas infantiles, orfanato, ganadería, agricultura, pozos de agua… Hemos convivido con nómadas de la etnia peul en sus poblados y tomado el té con ellos, bailando al son de tambores con mujeres wolof, reído con yolas en el delta del Sine Saloum, charlado con pescadores de Malí en el rio Senegal… Y hemos disfrutado con las esperanzadoras sonrisas de todos los niños de todas las etnias cuya alegría ilumina el universo entero.

Es este un viaje no solo recomendable y enriquecedor, sino necesario, que te cambia la vida. Es un viaje iniciático en el que no todo es color de rosa: la pobreza… el calor… la austeridad… siempre están presentes… La verdad es que es difícil de transmitir por escrito una experiencia como esta… ¿Cómo explicar el fuego sin verlo y sin quemarse?… Pero es un viaje que te hace crecer en humanidad, hacia abajo, como el baobab. Mis amigos me han preguntado qué tal el viaje… Y, acordándome de aquel señor que nos acompañó en el avión, les he contestado… “tendré que bajar una vez al año… a llenarme el corazón”.

Juan
Voluntario de Construye Mundo

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